Las seis fases de la maternidad

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Las seis fases de la maternidad

Monica Berg
Mayo 9, 2022
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*Permítanme comenzar con una aclaración: no hay dos experiencias de maternidad iguales. De hecho, son tan únicas para cada madre e hijo como las huellas dactilares o los copos de nieve. Sin embargo, lo que SÍ es cierto es esto: Alimentar otra vida es un profundo y transformador agente de cambio, tanto para los que son alimentados como para nosotras mismas.

De hecho, ¡yo diría que ser madre ha sido la experiencia de crecimiento MÁS poderosa de mi vida! Y, aunque las fases que se exponen a continuación se basan en mis propias observaciones como madre de cuatro hijos, algunos aspectos de este viaje son aplicables a cualquiera que haya desempeñado el papel de cuidador o tutor.

Dicho esto, si tuviera que dar un título al proceso de criar a un joven de 18 años con más precisión, tendría que llamarlo “Las 6570 fases de la maternidad”, ¡porque cada día revela algo nuevo! Pero, a efectos de este artículo, vamos a mantener la simpleza y conformarnos con las seis etapas principales por las que pasan la mayoría de las madres:

1) La fase de los “sueños de maternidad”

Tuve un sueño… de ser mamá. Cuando estamos felizmente embarazadas, soñamos con un nuevo sentido del mundo. Imaginamos a nuestros hijos tal y como deseamos que sean: felices, sanos y bien adaptados, trayendo deleite a nuestros corazones y hogares, ofreciéndonos amor incondicional. Cambiarán el mundo—empezando por el nuestro— de la forma más positiva. Este es nuestro momento de emoción, anidar e imaginar en qué nos convertiremos como madres.

Estamos seguras de que seremos pacientes, amables, alentadoras y brillantes. Lo haremos mucho mejor que nuestros padres. Seremos la mamá del año, al menos en nuestra propia familia… ¿verdad? Y, naturalmente, mantendremos un equilibrio perfecto en nuestra vida y luciremos de portada de revista en todo momento, aun mientras damos de comer a las dos de la mañana después de días de privación del sueño. (Pero no estamos pensando en todas esas tonterías, ¿verdad?). El optimismo es asombroso.

Porque ¿cómo podemos anticiparnos al turbulento torrente de cambio que se nos viene encima? Y muy pronto, la experiencia mística del nacimiento lo pone todo en marcha.

2) La fase de la “realidad” (¿Qué? ¿Soy mamá? ¿Con un BEBÉ?)

Nunca habríamos imaginado que alguien fuera tan dependiente de nosotros. Es pura felicidad. Y PURO TERROR. Cuando te das cuenta de que eres una MADRE y que este pequeño ser depende de TI para todas sus necesidades, todo el concepto que tenías de ti misma se hace añicos —y luego se reconstruye— en el mismo instante. Tu bebé es frágil y perfecto, a pesar de los escupitajos que está vomitando sobre tu camiseta favorita recién lavada.

Y si tienes un hijo con necesidades especiales (como ocurrió con nuestro Josh), pasas todavía por otro nivel de cambio (y de miedo). A través de todo, cultivas tanto tu conocimiento como tu capacidad no solo de amar, sino de aceptar y manejar cualquier cosa que se te presente. Tomas desvíos. Te flexibilizas. Pierdes el sueño y pierdes el contacto con el mundo durante un tiempo. La profundidad y la amplitud de tu papel te golpean: esto es para toda la vida. Siempre, y para siempre.

3) La fase de “la paciencia y el empuje” (porque, ¡uy!, esos pequeños…)

Los años en que todavía no aprenden a caminar son universalmente desafiantes y gratificantes para nuestro crecimiento personal. Esta etapa nos ofrece la oportunidad de alcanzar nuevos niveles de paciencia, afortunadamente equilibrados con asombro y agrado. Cuando nuestro pequeño adquiere una nueva habilidad, como ponerse de pie, caminar, montar en triciclo o tirarse por un tobogán, parece una maravilla a la altura de la física cuántica. ¿Cómo se ha convertido ese pequeño e indefenso bulto en esta personita? ¿Y por qué pide a gritos más helado?

Pero al criar esta personita, sentimos que nos estiramos. Reconocemos dónde son necesarios los límites (una de esas permanentes lecciones de la crianza) y dónde está nuestro nivel de incomodidad social. Un ejemplo: ¿conoces a ese niñito que hace un berrinche en un restaurante? Sí, yo también. De hecho, he conocido personalmente a cuatro de ellos. (Bueno, quizá tres. Josh era mucho más tranquilo, salvo algunos desastres en el proceso de dejar el pañal).

Pronto nos damos cuenta de que más allá de ese decoro social que todo lo consume está el Verdadero. Mundo. De. La. Crianza. Y claro, limpiar mocos y servir jugo de manzana puede que no sean las tareas más glamorosas, pero estas acciones nos enseñan más sobre nuestra humanidad que cualquier trabajo bien pagado.

4) La fase de “Mamá Capitana” (¡Qué rápido crecen!)

Cuando nuestros hijos están en la escuela primaria e incluso en la secundaria, somos como la capitana de una extraña expedición de gentecita que se transforma rápidamente. Como puerto seguro para el creciente radio de actividad de nuestros jóvenes exploradores, les damos de comer, los llevamos en auto, organizamos sus fiestas, vamos a sus eventos deportivos y los inscribimos en campamentos de verano. Somos planificadoras, animadoras, profesoras y modelos de conducta. Y ellos nos observan, incluso cuando no lo hacen. Mientras ellos aprenden todo sobre la vida y su sentido de pertenencia en el mundo, nosotros descubrimos nuestros propios patrones de comportamiento, aumentamos nuestras herramientas de crianza y, al gestionar las pequeñas vidas, mejoramos las partes mal gestionadas de las nuestras. (Espera… ¿esa obra teatral escolar estaba en el calendario? ¡Necesito un calendario mejor!).

Nos inclinamos hacia el mundo de nuestros hijos (¿Yo? ¿Madre de una bailarina? ¡Quién lo habría dicho!). Facilitamos ese primer paseo en bicicleta o la primera colina de esquí. Cultivamos el sentido de la familia. Esa bebita turbulenta encuentra lo que el psicólogo Erik Erikson llama “sentido de la industria”. Hace pasteles, va caminando al colegio, descubre su brújula moral y actúa por una causa. Nosotras también nos volvemos más industriosas. Nos involucramos en la Asociación de Padres de Alumnos… ayudamos con las tareas de geometría… nos ofrecemos como voluntarias para las excursiones. Gracias a la creciente autonomía de nuestros hijos, volvemos a conectarnos con nosotras mismas un poco más. Empezamos a recordar quiénes somos, quiénes éramos, fuera de ser madres. La niebla en el espejo se aclara un poco, aunque el cambio sigue siendo nuestra única constante.

5) La fase de la “pseudo separación” (Ah, los adolescentes…)

Están conduciendo o alguien que conocen está a punto de tomar el volante. Salen con sus amigos, se adentran (se arrojan) en el mundo de las citas, tal vez hasta pasan un semestre en el extranjero. Están practicando para esa inminente salida del nido, pero no están del todo ahí. Todavía nos observan (como un halcón, y a menudo con los ojos en blanco) mientras agitan sus alas. En su libro Pérdidas necesarias, Judith Viorst reflexiona que “Un adolescente normal no es un adolescente normal si actúa de forma normal”. ¡Hola, verdad! Puede que caminen y hablen como adultos, pero en el momento en que decretamos un toque de queda muy sensato, despídete de la edad adulta…

Nuestros adolescentes desafían nuestra forma de pensar. Desafían las reglas y nuestros límites. Y cuando encuentran su independencia, nosotros también redescubrimos la nuestra. Los entrenamos, los inspiramos, los empujamos hacia el borde del nido. A veces estamos listos y dispuestos a empujarlos; otras veces, queremos mantenerlos aquí para siempre. Nos volvemos valientes. Lloramos, reímos. Soltamos.

6) La fase “hacia delante” (criar a nuestros hijos adultos)

Lo mejor que podemos esperar es que nuestros hijos salgan al mundo con sus propios principios y aspiraciones. Puede que estén de acuerdo con nosotros, o que ni siquiera se acerquen. Sin embargo, cuando vuelven a pedir nuestra aprobación, consejo o bendición, sabemos que hemos hecho nuestro trabajo. Podemos esforzarnos por proporcionárselos sin asfixiarlos. Sobre todo, podemos respetarlos y amarlos por ser simplemente quienes son. Del mismo modo, podemos redescubrir quiénes somos y forjar un nuevo camino para lo que todavía podemos llegar a ser.

Ser madre (según cualquier definición) requiere que nos estiremos y cambiemos una y otra (y otra) vez.

Sé que no soy la misma persona que tenía esos sueños para mis hijos antes de que nacieran, o que temía la maternidad, sobrevivía a las rabietas de los niños pequeños y hacía de taxi para una pandilla de niños de jardín de infancia. Mis hijos han crecido (aunque no todos han volado), y yo también. Si tenemos suerte, todos seguiremos evolucionando, tanto individualmente como juntos. Seguiremos motivándonos unos a otros. Divirtiéndonos unos a otros. Desafiándonos unos a otros.

Como dicen: Una vez que eres madre, siempre serás madre.

Esa es la cosa —y quizás la única— que nunca cambiará. Esa es la parte eterna, la que nos transforma de adentro hacia afuera. La parte que nos conecta con todas las madres que nos antecedieron y con todas las que están por venir.


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