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Conoce a Dios

Centro de Kabbalah
Julio 18, 2016
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¿Te gustaría conocer a Dios? Para empezar, tienes que ser un poco más preciso…

En el antiguo Egipto, Dios podía ser un escarabajo pintado de color dorado. Durante el Renacimiento italiano, Miguel Ángel pintó a Dios de acuerdo a la clásica imagen del “anciano con una larga barba blanca”. Pero cuando los kabbalistas se refieren a Dios, a menudo no hablan acerca de alguien con forma humana o de una entidad de ningún tipo. En lugar de ello, se refieren a la Luz que emana del Creador. La Kabbalah enseña que esta Luz siempre ha existido, incluso antes de que el universo se formara. Así como está escrito en el Libro de Proverbios:

Antes que los montes fueran asentados,
antes que las colinas, fui engendrada,
cuando Él no había hecho aún la tierra y los campos,
ni el polvo primero del mundo.
Cuando estableció los cielos, allí estaba yo.

¡Eso es mucho tiempo! ¡La Luz ya existía desde el Día Uno! Pero ya que no es tan fácil pensar en términos tan cósmicos, vamos a enfocarnos en un ejemplo más terrenal por un momento, un ejemplo inmutable, escrito en piedra, de permanencia absoluta.

Mientras crecía en Chicago, prácticamente a la sombra del Estadio Deportivo Wrigley, tuve muchas oportunidades de ver jugar al equipo de béisbol de los Cubs de Chicago. Pero un juego resalta en mi memoria, y no sólo por lo que ocurrió en el campo. De hecho, ni siquiera puedo recordar si los Cubs perdieron ese día, aunque es muy probable que sí perdieran. Sin embargo, este juego fue importante para mí por algo que no apareció en la pantalla de anotaciones.

Era el verano entre el séptimo y el octavo grado. Yo tenía once años. En el séptimo inning, no habían anotado ni una carrera en ese día tan húmedo y caluroso. Y parecía que el juego duraría años con todo y su aburrimiento adormecedor.

Bueno, no había mucho que hacer excepto filosofar. A veces durante la noche solía preguntarme qué habrá significado lo que ocurrió. ¿Fue todo un accidente o hubo algún significado profundo más allá de la realidad física? Acaso todo se formó a partir de un gran vínculo de probabilidades increíbles o hubo una inteligencia suprema controlándolo todo, quien, por alguna razón propia, se mantuvo oculta.

Ese día en las gradas del estadio Wrigley, cerré mi programa y observé el viso azul del Lago Michigan en la distancia, mucho más allá de las paredes del estadio.

Cerré los ojos como me habían enseñado a hacerlo cuando iniciaba una oración. Silenciosamente comencé mi ferviente mensaje: “Querido Dios, si estás allí, dame una señal. Un cuadrangular en el siguiente lanzamiento. Muéstrame qué puedes hacer, y creeré”.

Un poco lamentable, ¿cierto? No fue una oración por el fin del sufrimiento de la humanidad o por el comienzo de la paz mundial. En lugar de ello, una oración para poner fin al empate cero a cero. Una oración para aliviar mi aburrimiento. Un desafío frívolo hacia el Creador a quien, no obstante, tomaba muy en serio en una parte escondida de mi ser preadolescente.

Abrí los ojos. El lanzador se preparó, arrojó la pelota. El movimiento del bate.

Clic.

Está fuera del campo, damas y caballeros…”.

Nadie en base. El bateador trotó perezosamente hacia las bases, inconsciente de la magnitud de su hazaña. En la actualidad, no recuerdo su nombre o el nombre de su equipo, pero tengo un claro recuerdo de estar sentado allí estupefacto y en silencio.

Unos cuantos niños estaban conmigo ese día. Así como el jugador que corría por el campo, ellos también parecían sólo un poco movidos por lo ocurrido. Pero claro, ellos no sabían.

Yo sí sabía… pero ¿saber qué? ¿Había sido un milagro o una coincidencia? ¿Debía dedicar mi vida al servicio de Dios, quien acababa de responder a mi desafío de sabelotodo? ¿O acaso el evento no significó nada? Lo que sería mucho más fácil de manejar, incluso si yo realmente no lo creyera.

Así luce todo para un niño que cree que acaba de conocer a Dios.

La gente siempre le ha pedido a Dios que demuestre Su existencia. La humanidad siempre ha tratado de encontrar las formas de lidiar con la desconcertante ausencia del Creador en nuestra vida. Si Él es tan grande e importante, ¿dónde está? Allí está la mesa, allí está la silla, pero ¿dónde está el que hizo los muebles?

En su niñez colectiva, la raza humana no difería mucho de mí en el estadio de béisbol. La gente añoraba una imagen tangible, algo que pudieran tocar con sus manos, ver con sus ojos y, en ocasiones, hasta destruir en caso de que un dios en particular ya no satisficiera sus necesidades.

Esta es, por supuesto, la idolatría que con tanta fuerza condena la Biblia. Pero, con condena o no, está claro que adorar “imágenes talladas” le funcionó a una necesidad muy humana de respuestas simples a los problemas complejos de la vida: guerras, hambrunas y sequías podían solucionarse al acudir directamente a las estatuas de madera, piedra o metal.

Sin embargo, las complejidades de la vida se reafirmaron inevitablemente. ¿Qué ocurría cuando dos naciones en guerra adoraban a los mismos ídolos? ¿O cuando hasta la oración y el sacrificio más sentidos no lograron traer la lluvia o poner fin a una epidemia? En un número de las sociedades antiguas más estudiadas, incluyendo Grecia, Roma y el pueblo vikingo del norte de Europa, la adoración a los dioses tradicionales con el tiempo se convirtió en únicamente una formalidad en la cual la creencia genuina fue reemplazada por el escepticismo o hasta el cinismo.

Nuestros ancestros antiguos pensaron: “Pues bien, vamos a intentar algo completamente distinto”. Quizá los inconvenientes de la idolatría podrían solucionarse con la creencia en un solo Dios todopoderoso Cuyas acciones fueran deliberadamente misteriosas e inescrutables y cuya apariencia física simplemente no estuviera disponible a la vista. La creencia en un Ser Supremo inescudriñable abrió algunas interpretaciones nuevas importantes de la condición humana: si las guerras y las plagas continúan surgiendo a pesar de las oraciones y de los sacrificios, no es porque a Dios no le interese o porque no pueda ayudar; más bien, simplemente no está en nuestro poder entender Sus intenciones o conocer Su sabiduría. Así como Dios no podía ser representado en una pintura ni esculpido en una escultura, la humanidad no podía comprender Su plan. Como dijo Iyov [Job]: “Aunque Él me mate, yo lo honraré” (Job 13:15).

Esta perspectiva de Dios tenía sus ventajas en términos espirituales, pero perdió la accesibilidad que la idolatría parecía proporcionar. La noción de una deidad o espíritu cuya presencia impregna el universo es, en sí, muy antigua, y compitió contra la idolatría en varias zonas del mundo antiguo. El faraón egipcio Akenatón, por ejemplo, ocasionó una rebelión entre la casta de sacerdotes cuando abruptamente anuló las numerosas deidades a favor de un único dios, el Sol. Entre los indígenas norteamericanos, un poder espiritual único era venerado mediante la naturaleza. Las tribus sioux llamaban a este poder “wakan”. Fue wakan quien le dio filo al cuchillo, calor al fuego y belleza a los atardeceres. Una energía positiva única estaba obrando en todas partes, aunque podía manifestarse en un número infinito de formas al mismo tiempo. Los antiguos rabinos talmúdicos debieron tener esta idea en mente cuando escribieron:

“Con un rey terrenal, cuando está en la alcoba no puede estar en el recibidor. Pero el Santísimo, bendito sea Él, al mismo tiempo llena las Regiones Superiores y las Inferiores”. Asimismo: “El Santísimo, bendito sea Él, es la morada del universo, pero el universo no es Su morada”.

Si bien está claro que la Kabbalah no está sola al reconocer a un solo Dios, lo que diferencia a la Kabbalah es su entendimiento de una relación dinámica en la cual la Luz del Creador es —o debería ser— infinitamente anhelada, recibida, compartida y propagada. Desde una perspectiva kabbalística, entender y participar en esta relación es la clave verdadera no sólo para conocer a Dios sino para ser literalmente uno con Su naturaleza esencial, no únicamente durante las oraciones o rituales, sino en cada momento de nuestra vida.

La Kabbalah enseña que, mucho antes de la Creación, la Luz del Creador llenó todo el cosmos más allá de nuestra concepción del tiempo y el espacio, ya que esta es la naturaleza fundamental de la Luz: expandirse en cada dirección y dar de sí misma de manera infinita. Para manifestar su esencia dadora, la Luz creó una Vasija cuya naturaleza era recibir. La Vasija fue creada no sólo para la Luz sino de la Luz, de la misma forma en la que una jarra de hielo es conformada de la misma agua que se vierte en él. No obstante, hubo algo completamente “nuevo” acerca de la Vasija, su naturaleza era recibir en lugar de dar y compartir. La Kabbalah enseña que la fabricación de esta energía fue la única creación ex-nihilo (“de la nada”) que alguna vez haya tenido lugar. Todo el universo físico, desde la estrella más distante hasta la partícula subatómica más pequeña, es vestigio de esa Creación original.

Una vez formada la Vasija primordial, existía una circulación pura: una condición de plenitud mutua completa entre el principio dador de la Luz y el principio receptor de la Vasija. La Luz se sentía plena al dar infinitamente su beneficencia, y la Vasija obtenía total satisfacción al recibir infinitamente toda la bondad de la Luz.

Pero entonces algo cambió. La Vasija ya no estaba satisfecha con “sólo” recibir. La Kabbalah se refiere a esta nueva intención negativa, a esta resistencia, como “Pan de la Vergüenza”. El Pan de la Vergüenza significaba que la Vasija ya no podía simplemente recibir la beneficencia de la Luz que no se había ganado. Más bien, la Vasija asumió la intención dadora de la Luz. El deseo de la Vasija de dar activamente en lugar de recibir pasivamente ocasionó que la Luz se retirara para crear un espacio en el que la nueva intención de la Vasija pudiera expresarse. La Luz, cuyo único deseo era compartir, consideró apropiado retirar su luminiscencia para que el deseo de la Vasija pudiera manifestarse.

Es en este punto que el aspecto metafísico de la Kabbalah se cruza con las conclusiones de la ciencia moderna. En la actualidad, los físicos se refieren a la creación del universo como el big bang. Pero miles de años atrás, los antiguos kabbalistas ya describían la misma creación como La Ruptura de la Vasija. En el vacío creado por el retiro de la Luz, la Vasija se fragmentó en un sin fin de entidades y energías, y en lo más profundo, todas ellas están dotadas de deseo; y no Deseo de Recibir únicamente, sino Deseo de Recibir para Compartir. En otras palabras, no sólo conocer a Dios, sino ser uno con Dios. Ser como Dios.

La Kabbalah tiene mucho más que decir acerca de la Luz y la Vasija, y los kabbalistas a lo largo de los siglos han profundizado en las permutaciones de esta formulación tan elegante. Hoy en día, pocas personas que encuentran esta hermosa metáfora son conmovidas por ella. Pero lo interesante es que no se trata de una metáfora. De acuerdo con la Kabbalah, la Luz y la Vasija son la forma y la sustancia literales del mundo en el que vivimos; y no sólo del mundo, sino hasta de los cuerpos físicos en los que ahora reside nuestra alma.

La secuencia primordial (el Deseo de Recibir para Sí Mismo, seguido por el Pan de la Vergüenza y la Resistencia, seguido de la Ruptura y Reconstrucción como Deseo de Recibir para Compartir), se desarrolla no sólo durante el curso de toda nuestra vida, sino en cada acción y en cada encuentro. Una vez que entendemos esto, nos volvemos conscientes de que no estamos tan distantes de Dios, contrario a los griegos que estaban distantes de Zeus y Atenea en el Monte Olimpo. En lugar de ello, nosotros estamos repitiendo lo que el Creador hizo.

Estamos viviendo lo que el Creador vivió. Somos seres finitos y también somos la Luz infinita del Creador.

Una frase que aparece muchas veces tanto en las oraciones en hebreo como en la Biblia expresa esta gran verdad: “Él y Su Nombre son Uno”. Él es la Luz y nosotros somos Su Nombre; extensiones y expresiones de Él. Pero en el nivel más fundamental, no hay distinción entre Él y Su Nombre. Tal y como el gran Kabbalista del siglo XX Rav Yehuda Áshlag enseñó:

Una piedra es sólo una piedra cuando es separada de la montaña. Una vez que se devuelve a la montaña, recobra su identidad con la montaña misma.

Entender esto significa no sólo “creer” en el Creador, sino identificarse con Él en una forma que nos magnifique y haga humildes al mismo tiempo. Aseverar que cada uno de nosotros pueda ser como Dios puede parecer la máxima expresión de vanidad, pero no lo es cuando reconocemos que la esencia de Dios es recibir con la intención de compartir.

Tomarnos esto en serio no se trata acerca de volvernos personas santas de ninguna manera. Es en realidad acerca de crecer, de liberarnos de la tentación que un niño sintió en un juego de béisbol: la necesidad de pedir a Dios una señal para tener pruebas, o dudar. Conocemos a Dios cuando de verdad nos conocemos a nosotros. Somos como Dios cuando reconocemos nuestra propia naturaleza verdadera…


Este artículo, escrito por Rav Berg, apareció en Kabbalah Magazine Vol. 4, tercera edición, verano/otoño de 1999.

 


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