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Recuerda mis palabras… ¡y las tuyas!

Monica Berg
Junio 13, 2022
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Eres inteligente. Eres amable. Eres hermoso. Créelo.

Créelo, ¡porque las palabras son potentes! Son sanadoras, armas, puentes y herramientas de transformación. Según Ethnologue, hoy en día se hablan más de 7100 lenguas en el mundo. Y en cada una de estas lenguas, los pensamientos se codifican en sonidos o símbolos, que pasan por los oídos o los ojos y se interpretan en forma de significado. Si lo pensamos bien, ¡es un mismísimo milagro!

Y las palabras narran historias. Con tan solo contarlas, nuestras experiencias adquieren sustancia. Lo que era efímero encuentra expresión en las palabras. En este sentido, el lenguaje da permanencia a nuestra vida. Ha creado leyes y ha iniciado y terminado guerras. Civilizaciones enteras se han construido con palabras (por ejemplo: nuestra propia constitución). A través del lenguaje certificamos pasos importantes, como en “Ahora los declaro marido y mujer”. O también, ahora esta temporada: “A partir de ahora eres un profesional en esta área… ¡he aquí este diploma que lo demuestra!”. (En nuestra casa tenemos unos cuantos… ¡momentos de orgullo como padres!). Las palabras tienen una capacidad para sellar, finalizar.

¿Y son hermosas? ¡Oh, por supuesto! Nos encanta el lenguaje que expresa sentimientos de afirmación de la vida. En mi libro Repensar el amor, incluí una carta de amor que le escribí a mi esposo, Michael. Era mucho más que palabras en una página: en esa carta había una vida compartida, ¡una emoción capturada en palabras! Aportó sustancia y fuerza a mi intención para el proyecto.

Pero las palabras también pueden ser dañinas. En especial cuando las lanzamos (o las recibimos) descuidadamente. A veces decimos cosas negativas a la ligera. Nos volvemos contra nosotros mismos con un discurso negativo: No merezco esto… o no puedo hacer aquello. Todos hemos pasado por eso. Y luego está el flujo constante de negatividad disponible las 24 horas del día en la televisión. O, mientras almorzamos con amigos, lo tentador que puede ser dejarse arrastrar por el chisme.

Pero la Kabbalah enseña que hablar negativamente de alguien (incluso de nosotros mismos) es la peor forma de oscuridad. Es una flecha que se vuelve contra el que habla. Así que cualquier cosa mala que tengas que decir sobre alguien, estás, en efecto, revelando ese mismo aspecto sobre ti mismo. Y si el habla negativa es sobre TI, ¡entonces es doblemente dañino!

En cierto modo, vivimos lo que dicen nuestras palabras y nuestras palabras dicen lo que vivimos. Innumerables estudios han demostrado que los niños cumplen con las expectativas que se les imponen a través de las palabras, el habla y los comportamientos de los adultos que los rodean. (Este fenómeno se conoce como el efecto Pigmalión). De hecho, un estudio a largo plazo realizado por el Centro Nacional de Estadísticas de la Educación descubrió que los estudiantes cuyos profesores de secundaria tenían grandes expectativas sobre ellos se graduaban en la universidad en una proporción tres veces mayor que aquellos cuyos profesores tenían bajas expectativas.

Del mismo modo, un trozo de arcilla no se manifiesta en algo hasta que las manos del escultor le dan forma. Piensa en la energía espiritual como ese trozo de arcilla sin moldear. Nuestras palabras y pensamientos esculpen esa energía, dándole forma y dimensión en nuestra realidad. Según el Zóhar, “el habla humana está íntimamente ligada a lo Divino. La voz puede invocar tanto a las fuerzas oscuras como a las de la Luz”.

¿La buena noticia? Dado que las palabras provienen de los pensamientos y los pensamientos pueden modificarse, ¡podemos cambiar nuestra realidad con tan solo transformar lo negativo en lo positivo!

Así que la próxima vez que entres en territorio negativo con tus pensamientos o tu habla, detente. Piensa. Y proponte a cambiar a lo positivo. Por ejemplo, puedes abordar un “problema” o enfrentarte a un “desafío”. Puedes ver algo como un “callejón sin salida” o verlo como un “desvío” hacia algo mejor. Y la misma idea u objeto puede verse como “bonito”, “interesante” o “feo”, dependiendo de quién lo describa.

Todas las palabras son poderosas. Todas y cada una de ellas. Tal y como decía el Rav: Se necesita un instante para destruir lo que se tarda años en construir. Pero lo contrario también es cierto: podemos construir un mundo nuevo en un instante, uno que nos eleve y aporte Luz a nosotros y nuestro mundo. Porque si lo pensamos, lo escribimos y lo decimos, estamos a más de la mitad del camino.


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