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El deseo del Alma

Karen Berg
Mayo 2, 2020
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Cada persona es un mundo. Al compartir nuestra Luz con tan sólo una persona, nos volvemos servidores de toda la humanidad.

La porción de Emor de esta semana contiene los preceptos relacionados con las cualidades y responsabilidades del Sumo Sacerdote (Cohén HaGadol). Pero ¿en qué modo se relacionan estas labores sacerdotales con nosotros? ¿Debemos simplemente ignorar esta sección de la Biblia? Todo lo contrario, los kabbalistas enseñan que cada pasaje de la Biblia contiene sabiduría y energía que podemos usar en nuestra vida en cada generación. No hay ninguna palabra superflua en toda la Biblia, ni siquiera una letra. Afortunadamente, el Zóhar esclarece bastante las lecciones ocultas en Emor.

Quizá recuerdes que hace unas semanas examinábamos una porción que exponía los detalles del Templo Sagrado: cómo fue construido y qué se realizaba allí. La lección era que a pesar de que ya no existe ningún Templo Sagrado hoy en día, depende de cada uno de nosotros crear el Templo Sagrado en nuestro interior haciendo todo inspirados por el amor. En el mismo sentido, podemos comenzar a entender la lección de esta semana. Todos y cada uno de nosotros tenemos el poder de convertirnos en Sumos Sacerdotes para el mundo. La suma de preceptos para el Cohén HaGadol era cumplir un propósito particular: servir a toda la humanidad.

En nuestro tiempo, este trabajo depende de nosotros. Suena un poco arrogante, ¿verdad? Sin embargo, cuando entendemos el principio espiritual de la unidad —todos y todo está interconectado— entonces podemos comenzar a ver que lo que les hacemos a los demás, en esencia, nos lo hacemos a nosotros y al mundo. En efecto, en lugar de designar a un “elegido” en nuestro tiempo, depende de cada uno de nosotros elegir servir. Compartir con una sola persona es compartir con todas.

Hablamos mucho sobre “compartir” en nuestras clases del Centro de Kabbalah. La palabra “compartir” suena muy básica, pero hacerlo tiene connotaciones profundas. Esto se debe a que compartir está intrínsecamente vinculado con el anhelo de nuestra alma. Todos tenemos muchos deseos durante el día. En un momento dado, podríamos pensar: Quiero mi bolígrafo. Quiero mi silla. Quiero una nueva computadora. Quiero atención. Quiero placer. Quiero tener a mi alma gemela. Cuando lo piensas, ¡la lista de deseos diarios es infinita! Sin embargo, el alma es diferente.

El alma sólo tiene un deseo, firme e inmutable: compartir.

Por esa razón se siente tan agradable compartir. No tiene sentido lógico que al dar algo me deba sentir mejor que cuando recibo pero, de algún modo, eso es exactamente lo que ocurre. Esta es una poderosa semana para estar conscientes de esta paradoja espiritual. La mejor manera de recordarlo es, por supuesto, ponerlo en práctica. Cuando queremos recibir, cuando queremos satisfacer nuestro ego y cuando otros deseos nos consumen; detengámonos por un momento y encontremos una manera de dar. Da misericordia. Da amor. Da bondad. Sonríe. Demos de nuestra Luz y permitamos que ilumine la oscuridad de los demás a la vez que disipamos la nuestra.

La belleza de lo que podemos aprender de los Sumos Sacerdotes es que fueron elegidos para perseguir el deseo de su alma. Esta semana somos llamados a tomar la decisión por nosotros mismos.


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