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En realidad, el cielo no se está cayendo

Monica Berg
Enero 17, 2022
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En el clásico largometraje El mago de Oz, la aventura de Dorothy en ocasiones resuena más con la cotidianidad que con la fantasía. Nosotros, también, estamos recorriendo nuestro camino de baldosas amarillas y encontrándonos a todo tipo de personas en el trayecto: aquellos que buscan un corazón, una conciencia o valentía; quienes desalentarían nuestros sueños, quienes los alientan; y aquellos que nos han conocido desde el comienzo. Lo que todos compartimos es un anhelo común de una sensación de seguridad y pertenencia, nuestro hogar simbólico.

Después de mi cirugía reciente, estuve trabajando desde mi hogar literal y descubrí que el ruido de la televisión estaba proyectando muchas emociones en mi espacio. Era justo antes de las fiestas, así que los anuncios en ese momento me recordaban que los días de envíos se estaban limitando, que había escasez de pavo y que si quería encontrar uno debía apresurarme… y también estaban las noticias en sí mismas, con alguna tendencia alarmante o advertencia aterradora. El aluvión interminable me hacía sentir como si la hambruna, la escasez y el peligro eran realidades inminentes. Al principio, tan solo estaba sutilmente consciente de todos esos mensajes, pero cuando presté más atención, casi me tuve que reír de la multitud de miedos que mi televisión (o, mejor dicho, las personas que hablan en ella) me estaba pidiendo que aceptase y asimilase.

¿Recuerdan la fábula infantil sobre Chicken Little? Ya saben, el pollito tonto que, después de que lo golpease una bellota en la cabeza, estaba convencido de que el cielo se estaba cayendo. ¿Cuán a menudo nosotros también nos hemos “enloquecido” ante lo que percibimos como una catástrofe, solo para descubrir que no era tan grave como habíamos pensado inicialmente?

Con mucha frecuencia, la mayoría de nuestros “desastres” inminentes ni se acercan a ser tan catastróficos como habíamos imaginado. Una amiga mía dice que nada en su vida ha resultado ser tan aterrador en la realidad como lo era en su imaginación, salvo por el paracaidismo (nunca he practicado paracaidismo, ¡pero ver videos de las experiencias de mi amiga me hicieron poner esta actividad muy abajo en mi lista de deseos!). En un momento u otro, todos hemos esperado con temor un suceso inminente: quizá una cirugía, un examen de matemáticas, algún procedimiento dental o una confrontación. Tenemos la tendencia a mezclar los resultados negativos potenciales y el dolor que creemos que sentiremos. Pero, usualmente, no es tan malo como habíamos imaginado, ¿no?

Muchos terrores son simples bellotas en torno a las cuales hemos escrito guiones de películas de terror. En The Power of Bad, John Tierney y Roy Baumeister exploran el fenómeno del sesgo negativo o, como ellos lo llaman, el “efecto negatividad”. Sus estudios muestran la infinidad de maneras en las que nuestros cerebros —por no mencionar a los medios y la sociedad— se concentran en lo malo y disminuyen lo bueno. Tal y como ellos lo expresan, los seres humanos estamos configurados para “ser devastados por una palabra de crítica, pero que no nos mueva una lluvia de halagos. Miramos la cara hostil en la multitud y pasamos por alto todas las caras amigables”. Y, naturalmente, hacemos lo mismo con nuestros propios guiones, convirtiendo amapolas en veneno y desperfectos menores en dramas exagerados.

Es peligroso entrar en modalidad de pánico. Y tenemos la responsabilidad de no arrastrar a los demás con nosotros. Chicken Little corrió directo hacia sus amigos y los involucró en el terror del desastre inminente. Los otros animales se conmocionaron tanto que, incautamente, ¡cayeron ante el “amable” ofrecimiento de refugio por parte de Foxy (un zorro) sin saber que el planeaba comérselos de cena! Del mismo modo, nosotros solemos sonar nuestra propia alarma ante todo el que esté dispuesto a escuchar, ya sea que nuestros miedos o quejas se justifiquen o no. Nuestras intenciones pueden ser buenas; queremos advertir a los demás en un intento de protegerlos, o quizá buscamos consuelo para calmar nuestro estrés. Pero antes de alterar a todos los demás, nos corresponde hacer el debido proceso y asegurarnos de que la amenaza sea real.

La ciencia nos dice que somos profundamente afectados por las personas que nos rodean. Ya sea que alguien nos tranquilice, nos anime o nos lleve a una sobrecarga de estrés, investigaciones demuestran que aquello que los psicólogos llaman “contagio emocional” ocurre en grupos de casi cualquier tamaño. Tal y como lo explica la Dra. Sigal Barsade: las personas son “inductoras ambulantes de estados de ánimo” quienes se influyen continuamente unas a otras.

Mantener una conciencia constante de cara a las influencias externas implica una atención constante. Cuando conscientemente (o inconscientemente) nos sometemos a una fuerte corriente de noticias depresivas o consumimos en abundancia material perturbador, ya sea mediante redes sociales, videojuegos o programas violentos en Netflix, somos influenciados por esos mensajes.

La buena noticia es que siempre tenemos una elección.

Nunca podremos controlar todos los desafíos que se nos presentan o la multitud de influencias que nos rodean en todo momento, pero podemos elegir cómo sentirnos y reaccionar a ellas. En mi libro El miedo no es una opción, comparto algunas herramientas para ayudarte a lidiar con esas bellotas que te hacen sentir que el cielo se está cayendo.

Para comenzar, te motivo a ser objetivo y ver si puedes identificar algún área de tu vida en la que tengas la tendencia a ver todo como una catástrofe. Esto es un fenómeno común y no es algo de qué mortificarnos. El relato de Chicken Little en realidad es una parábola sobre los peligros de ver todo como una catástrofe, convertir una pequeña bellota en la creencia de que el cielo se está cayendo y que el mundo tal como lo conocemos nunca más será el mismo.

En algún momento u otro, todos tenemos la propensión a asumir el resultado más extremo con poca o ninguna evidencia para sustentarlo, y mucho menos para que sea probable que ocurra. Un pensamiento catastrófico podría sonar así: “Si hablo con mi supervisor y le explico que no puedo aceptar otro proyecto, me despedirá y estaré arruinado económicamente”. Los pensamientos catastróficos por lo general no tienen ninguna prueba que los respalde; de hecho, en muchos casos, todas las pruebas demuestran lo contrario.

Debemos considerar objetivamente la realidad de nuestra situación, incluso analizar posibles resultados, pero no saltar de inmediato al peor escenario posible. No tenemos acceso a nuestras mejores habilidades para resolver problemas cuando actuamos con miedo o pánico, y las secuelas que el estrés deja en nuestro cuerpo físico es profunda, en especial a lo largo del tiempo. Del mismo modo, tenemos una responsabilidad con cada persona que nos rodea de no ser un conductor anímico de ansiedad, pánico o miedo.

Recuerda que el santuario que estamos buscando ha estado con nosotros todo este tiempo. Al igual que las zapatillas de rubí, siempre tenemos el poder de regresar a nuestro propio centro, nuestra verdad, nuestro verdadero hogar. Y desde ahí, podemos responder como la mejor versión de nosotros. Después de todo, “no hay lugar como el hogar”.


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